martes, 30 de enero de 2018

Rendida a Sus pies – 6 –

Salir por primera vez del aeropuerto de Bombay constituyó para mí un fuerte shock climático y cultural. Tenía que ir desde el Aeropuerto Internacional al de Cabotaje y tenía las indicaciones precisas para hacerlo.
Tito había viajado un par de años antes y me había sobrecargado de datos y detalles, pero gracias a eso iba sorteando cada escollo, sin mayores dificultades. Lo que no sabía era que, llegar desde la puerta de salida hasta el colectivo que me iba a trasladar, iba a ser una lucha a brazo partido con cada uno de los cientos de changarines  que me querían arrebatar la valija. Transpirando profusamente y defendiéndola, la acarreaba con un poco de dificultad (no tenía rueditas), desconfiando de todos y decidida a no soltarla por nada.
Finalmente, logre hacer todos los trámites con éxito y llegué a Bangalore. Allí tenía que pernoctar una noche y, siempre aferrada a los datos de Tito, llamé a Babú, su remissero de confianza, esperé lo necesario hasta que llegó a buscarme, y como ya estaba oscuro, me dejó instalada en un hotel de 3 estrellas (¡…y una de ellas fugaz!) de su familia. Acordamos que el chofer pasaría a buscarme a las 4 am del día siguiente. Estaba tan cansada que no tenía ánimos para discutir. Moví la cabeza de un lado a otro y me fui a dormir… Varios años después descubrí (en otro viaje), que allí, bambolear suavemente la cabeza de un lado a otro significa: ¡Si!
Estuve lista a las 4 am, pero el auto no llegó hasta una hora después… 
Lección número 1: No son muy atenidos a los horarios estrictos.
Emprendimos el trayecto que yo considero como el más azaroso de mi vida (quizás por la falta de experiencias previas…). El coche iba sorteando mil obstáculos, casi milagrosamente, y cuando digo obstáculos, me refiero a personas, motos, bicicletas, vacas, semáforos rojos, cabras, alguna gallina, camiones, perros y también un par de vías de tren sin barreras (o quizás sí, pero no le importaban). Todos los vehículos tocaban sus bocinas sin piedad, creando una cacofonía desafinada y muy estridente, pero lo peor era que, para mis usos y costumbres… ¡Manejaban “contramano”! En la India se conduce por la izquierda y prever un choque inminente a cada segundo, durante 4 hs. no solo me despabiló, aferrada de lo que podía, cantaba para mí el Gayatri, pues pensaba: “¡Si voy a desencarnar acá, que sea cantándole a Dios”. 
No pasó nada y llegamos a salvo. Después de muchos años hoy me río recordando aquellas primeras experiencias con la cotidianidad hindú, aunque debo contarles, para ser veraz, que en otro viaje, regresando a Puttaparthi desde Whitefield, nuestro auto chocó a otro… No pasó nada, apenas un rayón, pero estuvieron discutiendo y peleando en telugu o kanada (o alguna de las lenguas locales) por más de 5 hs…. Y ahora que lo pienso, esto si fue gracioso. Los choferes de cada vehículo involucrados en el problema no hablaban el mismo idioma, es decir, se gritaban e insultaban pero (excepto por los gestos), no tenían ni idea de lo que se estaban diciendo uno al otro y, la única razón por la que tuvimos que esperar tanto fue, porque necesitaban que viniera: ¡Alguien que los tradujera entre si! Cuando eso por fin sucedió, el encargado de establecer la comunicación y (supuestamente), llegar a un acuerdo, repetía las cosas a los alaridos y tan enojado como los involucrados, hoy lo pienso y me río, pero entonces… Con Yuyi Beringola, la española con la que compartíamos el viaje, les suplicábamos que siguieran, pero, ¡no! tenían que establecer límites y responsabilidades, así, a los gritos!
Volviendo a  ese primer traslado hasta el Ashram, en mi subconsciente había imaginado que llegando a Puttaparthi, en las cercanías de Su presencia, cruzando el primer arco de bienvenida, el aire sería más etéreo, los colores más brillantes, creía que de manera sutil, el “Rayo de la Felicidad” me atravesaría alejando para siempre las tristezas y los dolores. Suponía que todas las personas estarían al borde de la iluminación, casi levitando por las calles y probablemente, los sonidos más armoniosos y bellos producidos por los ángeles armonizarían con nuestra felicidad… Decir que mis expectativas eran delirantemente ingenuas es poco, nada coincidían con lo que iba pasando. Al llegar a destino, el taxista estacionó al lado de la  librería, en el interior del Ashram y al grito de:
-      ¡Hurry… Hurry… Hurry! (¡Rápido… Rápido… Rápido…!)
Nos sacó casi a empujones del auto (tenía “cola de paja” porque sabía que se había retrasado al ir a buscarnos). Todos nos dimos cuenta, los alemanes con los que compartía el coche y yo, que Swami estaba dando Darshan y, los hombres corrieron para un lado y las mujeres hacia el otro, como pudimos, nos acercamos y al menos yo, quedé parada en medio de la senda y el portón que llevaba a Su residencia, estaba del lado de afuera del muro bajo que rodeaba el templo y permanecí absorta mirando la espalda de Swami caminando al rayo del sol, por ese patio de tierra, donde varios miles de personas, sentadas en el piso, en profundo silencio lo veían alejarse hacia la sala de entrevistas. Él subió los 3 escalones hacia la veranda y yo, seguía allí, paralizada como una estatua, mi corazón latía más fuerte mientras pensaba:
-      ¡Llegué… Llegué, Swami, llegué!
En ese momento, Baba se detuvo. Giró sobre Sí mismo y mientras se balanceaba muy suavemente, de un lado a otro, a la distancia, quedamos mirándonos a los ojos por unos segundos eternos. No me sentía capaz de reaccionar hasta que una seva, tironeando bruscamente de mi camisola larga me obligó a sentarme. Swami siguió Su camino y dejé de verlo cuando entró en el templo. Recién ahí, reaccioné y me di cuenta que las lágrimas corrían por mi rostro, mientras una gran sonrisa contradecía mi llanto.
Estaba muy impactada y mientras la gente empezaba a dispersarse, yo seguí parada allí, sonriendo tontamente. Así me encontró el hijo de una amiga/devota que conocía de Bariloche. Me saludó con alegría y juntos esperamos que su mamá se nos uniera. Amorosamente, ella hizo casi todos los trámites para mi ingreso (yo no tenía ni mínima idea de por dónde empezar), esto me permitiría alojarme dentro del Ashram a un precio por demás módico. Ella también contactó a un par de argentinas que estaban obligadas a agregar otro huésped en su room (habitación) o debían dejarla. Me aceptaron y entre todos ayudaron a subir el equipaje, un colchón y unas sábanas hasta el 3 piso del Round 4, donde quedaría alojada esta primera vez.

¡Qué joven era!… Habré subido y bajado esos tres pisos mil veces por día y no recuerdo que me costara tanto...
- Rendida a Sus pies – 5 –

 
Desde su Córdoba natal, el Ing. Carlos Bastías acababa de mudarse a Bariloche, para trabajar en una importante empresa pero, llegaba también con un encargo especial: “Abrir el primer Centro Sai en el pueblo”. Todavía hoy se discute sobre si alguien ya lo había intentado antes o no pero, éste
​ ​
fue el único que prosperó en ese entonces.

Con cuidado, nos fue invitando a los que reconocía interesados; fue convocándonos con actitud generosa y amable y, en el living de su casa convertido en pequeño templo, sentados en círculo, lo escuchábamos asombrados contando historias recientes, con lujo de detalles, acerca de Sai Baba, de Su niñez, juventud y vida actual en el Ashram (residencia/convento), situado en un pequeño pueblo llamado Puttaparthi; al sur de la India, donde había nacido Swami y de donde pocas veces se había alejado mucho.

Lentamente el círculo se fue ampliando y ya no solo nos informábamos, empezábamos tam
bién, tímidamente, a entonar algunos cantos devocionales y a interiorizarnos en prácticas devocionales más completas, como la meditación. Carlitos nos enseñaba, nos lideraba y fue un maestro muy paciente para con todos nosotros (ignorantes supinos sobre ceremonias, adoraciones, pujas, etc.) y con aquellos que siguieron agregándose al grupo. Lentamente, iba creciendo la cantidad de personas que nos encontrábamos en su casa los jueves y domingos por la noche. Algunos fueron y vinieron, y no regresaron más, pero otros, constantes y perseverantes, tan fascinados como yo por las historias que llegaban a nuestro conocimiento, nos convertimos en participantes activos y así fue como allí, semana a semana fui conociendo a casi todos mis amigos más amados, mis hermanos en Sai, mi Saifamilia.

Eran muchas cosas nuevas para todos pero, de a poco, nos íbamos involucrando e interiorizando en este estilo de práctica devocional, que nos llenaba de calma y sosiego, permitiéndonos descubrir esa Luz interior que iba cambiando nuestras vidas lenta y perseverantemente, paso a paso, motivando nuestro hacer cotidiano.

Iban pasando los años y yo sentía con fuerza, en mi interior, que ese era el camino que quería (necesitaba) recorrer.

A mediados de 1990, por razones totalmente mundanas, estaba muy triste, diría que deprimida, pues, entre otras cosas acababa de quedarme sin trabajo.

Al despertar una mañana, me senté en la cama y, mirando en derredor, pensé:

-         Ninguna de las cosas que veo aquí me hacen feliz. (¡Y ESE fue un gran descubrimiento!).

Salí a la calle decidida a vender todo lo que hiciera falta, para poder pagarme un viaje a India y una modesta permanencia.

Eso hice… Vendí televisor, videocasetera, ropas, algunos recuerdos y, cuando junté lo necesario, saqué mi pasaje para India, destino final: Prasanthi Nilayam (Morada de la Paz Suprema) que así se llama el Ashram  adonde Swami pasaba la mayor parte del año.

Salí rumbo a Londres el 23 de setiembre; lo recuerdo con tanta precisión, porque el 24 es mi cumpleaños. Llevaba muy pocas cosas. Mi posesión más preciada era un mala (rosario) con la imagen de Sai Baba que lucía con comodi
dad colgando del cuello. Sabía que tendría muchas horas de espera en el aeropuerto, antes de hacer trasbordo hacia India, entonces escuché a mis vecinos de asiento mencionar que, mientras esperaban la combinación de sus vuelos, tomarían un autobús de dos pisos para conocer Londres y… ¡La idea me encantó!

Estaba sola, no me había comunicado con nadie y pocos sabían de mi viaje. Ignoraba si en el avión habían más argentinos, volando con el mismo destino que yo; recuerden que había decidido mi viaje un poco intempestivamente. Una vez que aterrizamos, saqué un pase diario de Underground  para dirigirme hacia la ciudad. Una vez en el tren, me di cuenta que se presentaban varios problemas. Primero: No hablaba ni una palabra de inglés.  Bah! Sabía tres o cuatro expresiones básicas pero, ni siquiera las entendía si me las repetían. Segundo: No tenía ni idea de dónde ir. Tercero: No conocía Londres y tampoco había pensado ningún itinerario. Leyendo las estaciones y paradas, con el coche ya en marcha, elegí descender en Picadilly Circus, y porque el nombre me recordaba a los Beatles. Imaginaba, sin ningún asidero, que allí se concentraría todo «el mundanal ruido». Al salir de la estación, un poco desconcertada, descubrí que solo había edificios de paredes blancas con el nombre de algún banco en chapas de bronce ¡Ay! Nunca miré hacia atrás y allí nace (o termina) Regent St. En fin, di la vuelta a la manzana más aburrida de mi vida. Pasaba caminando frente a edificios elegantes y sobrios y en cierto momento me detuve, totalmente perdida, a tomar un café. Logré pedir informes sobre cómo encontrar, en las cercanías, un colectivo de turismo. El amable muchacho que me atendía se esforzó por ayudarme y me guió 
a dos cuadras de distancia. Allí, efectivamente, encontré el bus, pero la jovencita parada en el primer escalón, impidiendo el ingreso, no era tan amable como el otro chico y no hacía el más mínimo esfuerzo por comprenderme o mostrar simpatía. Yo seguía esforzándome con intención de comprar un boleto pero ya casi me rendía cuando, del primer piso, vi bajar a una señora sonriente que, en un español muy rudimentario me preguntó:

-         ¿Dónde quieres ir? Yo hablo un poco de español…

Sonriendo aliviada, le expliqué que quería hacer una excursión para conocer Londres, mientras esperaba mi combinación aérea.

Ella terminó de bajar y cuando vio la imagen de Swami colgando del cuello me dijo:

-         ¡Ah, Sai Baba! Yo conozco a Sai Baba, estuve en India, en Su Ashram…

Felizmente sorprendida por la coincidencia, le expliqué que estaba viajando hacia allá. Ella me sugirió, amablemente, que no tomara ese colectivo en particular, porque solo se describían en inglés los puntos de interés.

-         Yo tengo que ir hasta otra parada. Te conviene subir allí.

-         Sígueme, te ayudaré a llegar.

Resumiendo, hicimos 2 trasbordos de trenes y llegamos al lugar desde donde salían los colectivos con audio-guía en español (exactamente en frente del Museo Tussauds). Mientras íbamos de una estación a la otra, le había contado (entre muchas otras cosas), que era mi cumpleaños. Me guió hasta una banqueta y, súbitamente, apareció con el pasaje, un café y una gran donut, para festejar, según dijo. Me acompaño hasta el 2° piso, me sentó en el mejor de todos los asientos y me dio gratis los auriculares, también me ofreció una tarjeta con su teléfono y dirección, por si llegaba a necesitar ayuda o alojamiento.

Yo balbuceaba desconcertada…

​- ​
Pero si no me conocés…

Respondió:

​- ​
La vida me ha enseñado a distinguir a las buenas personas.

La abracé, le di las gracias por todo, súbitamente el cielo se despejó y un rayo de sol radiante acarició mi cara, sol que nos acompañó durante toda la excursión y, en Londres, eso no es poca cosa.

Pensaba en ese momento que todo había resultado ser un fantástico agasajo de cumpleaños… ¿No es verdad?

Leyendo las historias de Diane Baskin relatando sus muchos años de devoción y cercanía a Sai Baba, la parte que más me había impactado de su libro era aquella en la que contaba sobre el escepticismo de su esposo, productor y director de cine en Hollywood, que solo la estaba acompañando en uno de sus viajes al Ashram para complacerla pero, estaba dispuesto a pedirle «a ese sujeto» algo que «no pudiera sacar de la manga…»

¡«Ese sujeto» era Swami, y lo que el esposo de Diane iba a pedir era ¡Un arcoíris! (Swami se lo concedió, créanme, vale la pena leer esa historia).

¿Quién no se maravilla con un arcoíris? Yo sí, y a partir de aquella lectura, lo he considerado una especie de conexión instantánea con Dios. Una manifestación Sutil de Su Presencia.

Por eso, cuando al anochecer regresaba muy cansada pero feliz, al aeropuerto de Heathrow en el subterráneo (que no siempre corre bajo tierra), alcancé a divisar desde la ventanilla un enorme arcoíris que abarcaba todo el horizonte y que simbolizaba, para mí, el lazo perfecto que cerraba un día pleno de magia y maravillas, sobre todo porque El Señor me estaba mostrando clara, contundentemente, a cada paso, que Él me estaba cuidando...


¡En el huequito de Sus manos!


¿Cómo no ser feliz?



Comparto una foto reciente de Carlos Bastías y Tito Suez
 - Rendida a sus pies - 4  - 

Ahora, quisiera incluir algunos detalles sobre mi hija Fernanda Raiti, hermoso regalo de Dios, bella por dentro y por fuera, bien pensante, coherente, amorosa y fiel servidora de Swami. Parecen comentarios propios de una madre, es verdad. ¿Exagerados, quizás? No, los que la conocen saben que ella es así y soy objetiva al describirla.
Entre las cosas que pasaron mientras iniciaba mi camino hacia la devoción del Señor Sai, sucedió que un día las calles céntricas amanecieron cubiertas de afiches. Habían viajado a Bariloche (desde Buenos Aires y Córdoba), devotos de la “primera hora” y se preparaban para dar una charla en la Biblioteca ubicada en el Centro Cívico del pueblo. Ahora, si bien yo trabajaba a solo 4 cuadras de distancia no podía asistir, justamente, porque era durante mi horario de trabajo. Convencí a mi adolescente hija de solo 14 años que asistiera por mí, estaba conminada a prestar mucha atención,  escuchar bien y volver donde yo estaba para contarme todo, con lujo de detalles y, si repartían sobrecitos de papel, que los recibiera (daba por sentado que compartirían Vibhuti). Ella, un poco a regañadientes, fue. Volvió bastante sorprendida, con un par de sobrecitos armados de manera artesanal sobre hojas de cuaderno donde algunos devotos escriben Mantras o Bendiciones mientras oran a Dios. Es un ejercicio de meditación consciente (acota B., mi muy amada hermana Sai, que a esta práctica se le llama: Lalita Japa). Cuando el cuadernillo está completo, algunos arrancan las hojas, las cortan en cuadrados, las doblan (con mucha habilidad) mientras otros los llenan de Vibhuti, que reparten (siempre gratuitamente), entre los interesados. Guardé feliz ese regalo e iba tomando pequeñas porciones, a diario.
Fernanda María, mi niña amada, debe haber hechos méritos durante muchas encarnaciones porque se sintió inmediatamente atraída hacia El Señor, hacia Su vida y Sus milagros y desde tan jovencita, me acompañaba con alegría a las reuniones que empezaban a realizarse en el incipiente Centro Sai de la calle Elflein.
A mis otros dos hijos los invité a participar un par de veces pero, no les atraía lo devocional. Eso no me preocupaba, los observaba y eran buenas personas. Sabía que no necesitaban dirigirse a Swami por Su nombre para creer en Él y servirlo a su manera. Estoy muy agradecida de haber podido compartir la vida con los tres y ahora, con sus familias, sinceramente. ¡Gente hermosa!
Fernanda es con quien compartimos, desde el primer día, la devoción por Sai Baba. Siempre le agradezco a Dios por ella. Es un Alma luminosa, una auténtica buscadora espiritual, coherente de pensamiento, palabra y acción, totalmente entregada a su Sankalpa (En sánscrito significa: Una concepción, idea o noción formada en el corazón o la mente, un voto solemne o determinación para llevar algo a cabo. En términos prácticos se le conoce como la capacidad para aprovechar la fuerza de voluntad y la herramienta para enfocar y armonizar el aparato de cuerpo-mente). Ella es inteligente, estudiosa, rebosante de Amor y tiene una serena aceptación de Su Divina Voluntad.
Si bien esta descripción parece exagerada, no lo es y (para mi suerte), he ido conociendo  en este camino, muchas personas similares. Todas ellas tienen estilos personales, quizás diferentes maneras de transitar lo devocional, pero todas lo van logrando y admiro tanto eso…
Las guía el Amor por Dios y ese es un camino que no tiene fallas.
Entre tanta gente hay algunos que se dedican a la oración y Mantras, otros a componer y entonar canciones, otros al servicio inegoista al prójimo. Por ejemplo, alimentar y asistir a los desamparados, o cuidar niños o asistir ancianos y quiero resaltar acá, un trabajo bastante anónimo pero importantísimo, sobre todo, para las generaciones futuras. Algunos de estos servicios consiste en traducir y recopilar La Palabra de Swami, con tanto rigor, dedicación y devoción que no quede margen para la duda. ES así. Hoy quizás no dimensionamos, realmente, la importancia que tiene haber trasladado y guardado lo que Swami dijo en su momento, de manera correcta sin interpretaciones aproximadas, más o menos caprichosas o al azar y sin embargo, será trascendental para nuestros descendientes.
Es muy hermoso ver cómo, todos ellos, de forma casi imperceptible pero constante, van alcanzando la meta ¡El Contento de Dios!
Volviendo al sobre con ceniza sagrada, veía con desasosiego que se iba acabando y al llegar la noche, cuando usé el último gramo, en el momento de oración antes de dormirme pensé:
-         Por favor, Swami, haceme llegar más Vibhuti, que este se acabó.
Durante muchos meses sucedía qué, cuando me acostaba, me resultaba difícil dormirme pues lo hacía con la cabeza “hirviendo” de preguntas y dudas, vacilaciones y más preguntas y más dudas, y más preguntas…
Esa noche no fue la excepción pero cuando al fin logré conciliar el sueño, empecé a soñar con Swami.
Estábamos en algún lugar al aire libre, era un patio amplio y al fondo un edificio de paredes blancas. Alcanzaba a ver una escalera de baldosas rojizas con un barandal de hierro verde, y arriba en el rellano del primer piso algunas macetas llenas de plantas y flores. Sai Baba estaba sentado en una silla frente a mí, vistiendo una túnica naranja. Me miraba con tanta ternura y una chispa de picardía… Yo le hacía preguntas, y Él las respondía, más preguntas y más respuestas y así fue pasando toda, toda la noche… Larga, muy larga noche. Cuando desperté, bastante cansada pero muy feliz, me di cuenta de que no me quedaban dudas ni interrogantes, aun esforzándome, desde entonces, nunca volví a “preguntarme” nada, sinceramente. Trato de pensar pero, no se me ocurren dudas o planteos pues, creo firmemente, que todas las respuestas necesarias para mí, me fueron regaladas durante mi sueño, esa feliz noche.
Me fui a trabajar.
Ocupada con mis obligaciones no me di cuenta cuando un hombre joven, de tímida sonrisa, entró en el negocio. Preguntaba por Tito o por mí. Era la primera vez que Carlitos venía al videoclub y, él mismo me recordó hace poco que cuando se presentó, le dije:
 "Estaba segura que vendría alguien de Sai Baba, porque se me estaba
acabando el Vibhuti....".


¡Sin darme cuenta, de a poco, aprendía a confiar y fluir en Su voluntad!






sábado, 27 de enero de 2018


Rendida a Sus pies – 3 -

Relatos - Satsang

No había encontrado a nadie con quien compartir mi búsqueda, mis desconciertos y ese “llamado del alma” que me impulsaba a seguir tratando de saber más acerca de este hombrecito de abundante cabellera negra, piel oscura, vestido con una túnica naranja, ese  maestro que vivía en India, que materializaba cosas (si pudiera poner emojis, agregaría acá la carita de: ¡Máximo asombro!) y pregonaba el Amor, la Verdad, la Paz, como los verdaderos pilares de la humanidad.
Buscando por todos lados, conseguí un libro que leía con avidez, mientras era zarandeada por un vendaval de emociones encontradas. El autor, reconocido siquiatra norteamericano, relataba con un lenguaje cotidiano, actual y accesible, milagros y maravillas que sucedían en torno a este gurú hindú. Estos podían suceder  en India y/o en diferentes ciudades a miles de kilómetros de distancia, simultáneamente… O no. Contaba cómo veían brotar cenizas desde una fotografía o la mejoría en la salud de una paciente  o una imagen en un altar del que manaba miel (Amrita) a raudales… No podía creerlo y sin embargo, sabía que todo era verdad. Las historias me conmovían, me hipnotizaba el asombro y me revolvía en la incredulidad.
Era hora de volver a trabajar después del descanso de mediodía y, cuando mi jefe Tito me vio llegar se puso de pie y apoyándose enérgicamente sobre el mostrador, de sopetón me dijo:
-          “¿Sabes…? Estoy leyendo un libro que: ¡Me vuela la cabeza!”
Un poco sorprendida respondí:
-          “¿¡Sabes que yo también!?”
-          “¿Ah, sí? ¿Y qué estás leyendo?!
-          “Sai Baba y el psiquiatra de Samuel Sandweiss, ¿Y vos?”
-          “¿¡Sabes que yo TAMBIÉN?!”
Quedamos mudos por unos segundos, mirándonos asombrados, maravillados y sin poder creer en la coincidencia.
Por crianza Tito es judío, yo católica, ninguno de los dos practicantes… Nunca se había presentado la oportunidad de conversar sobre espiritualidad o cosa parecida y, de repente, sin ponernos de acuerdo o haber tenido jamás la intención de referirnos a temas parecidos, los dos leíamos el mismo libro, a los dos nos provocaba el mismo efecto detonador, explosivo y a ambos nos parecía que valía la pena seguir indagando.
Como si se hubieran abierto compuertas, la emoción contenida nos desbordó y hablábamos al mismo tiempo, entusiasmados, consultando, preguntando, recordando y repitiendo pasajes del libro en cuestión.
Habían pasado solo un par de días, cuando Tito llega al local, muy emocionado.
-          “Acabo de encontrarme al flaco Repetto”,  me dijo.
-          “Volvió ayer de India, estuvo en el Ashram (lugar de residencia) de Sai Baba. Dice que vayamos a tomar el té el sábado, y nos contará sus experiencias.”
-          “¿Yo también puedo ir?”
-          “Si, claro ¡Vamos todos!”
A esta altura de los acontecimientos, yo ya no podía pensar que todo era casualidad… Antes nunca había oído ni una palabra sobre este Maestro Sai Baba y de repente, me “bombardeaban” con información desde todos los costados.
Ese sábado, a las 17 hs. muy puntuales, fuimos encontrándonos en la dirección indicada y… Recuerdo poco de lo hablado. Solo sé que cada vez me sorprendían más y más las historias que escuchaba, pero, lo que no podré olvidar jamás es cuando Marcelo (Marcelo Repetto, prestigioso médico traumatólogo), muy conmovido contó que, habiendo emprendido el camino de regreso a Argentina, hizo una parada en el hogar de un devoto en Whitefield (pequeña localidad cercana a Bangalore, donde existe otro Ashram con escuelas y universidades que lo rodean). Mientras el dueño de casa salía a hacer unas diligencias, él se había sentado en la sala de oración de la casa y habiendo entrado en una meditación profunda, no fue consciente del tiempo transcurrido hasta que oyó las voces emocionadas del dueño de casa y varios amigos que murmuran: “¡Qué gran bendición, qué gran bendición! ¡Qué auspicioso!” Así, casi llorando, lo llamaban para mostrarle como, durante el tiempo que permaneció sentado allí, de manera espontánea y milagrosa, todo su cuerpo se había ido cubriendo con abundante Vibhuti, de la cabeza a los pies… Incluso el sitio debajo de su asiento!
¿Cómo no recordarlo, verdad?
(Aclara Marcelo que, en esa sala de oración el Vibhuti brotaba abundantemente de cuadros, fotos, imágenes y otros elementos de devoción).



                   Comparto una foto reciente de Carlos Bastías y Tito Suez



Rendida a Sus pies - 2 -

Relatos - Satsang de Silvia

Cuando era niña no existía la televisión, Internet o cosas parecidas. Solo un par de radios y muy de vez en cuando, alguna película eran nuestros “multimedios” de la época.
Desde que aprendí a leer fui una gran devoradora de libros. Cada moneda que conseguía la gastaba en lectura nueva y era mi regalo favorito para Navidad o cumpleaños.
Uno de mis personajes recurrentes (amado y admirado) era “Sandokan, el tigre de la Malasia”. Me apasionaban sus aventuras y me asustaban mucho las referencias a una enigmática y feroz diosa Kali. Creo que hasta pasados los 40 años, eso fue todo lo que supe sobre hinduismo… Pocos, vagos o cuando no, tergiversados datos.
Crecía en el seno de una familia católica practicante y mi padre no veía con buenos ojos que yo indagara en otros tipos de prácticas espirituales (o al menos, así me lo había parecido). Como siempre fui muy obediente, me mantuve leyendo todo tipo de historias, historietas y aventuras, sin profundizar.
Leí lo básico sobre la vida y muerte de Jesús, ya que eso no era lo importante para mí. Sentía por Él y Su Madre, un amor tierno que iluminaba mi alma y que me impulsaba a tratar de practicar, quizás no muy eficazmente, algunas de Sus enseñanzas. Aun así y con todos mis errores, lo experimentaba cada día como mi mejor compañía, esa sensación de amorosa ternura, intangible, pero constante.
No quiero decir que era una santa… Lejos de eso, ya que siempre parecía ser yo el punto focal para todo lo que fuera ‘hacer líos’. No tenía aún 3 años y si alguien preguntaba: “¿Dónde estás Silvita?” Desde donde fuera que estuviera, yo contestaba en media lengua:
-       ¡Acá toy, chendo macanitas!
Esa fue, para siempre, mi mala fama…
Fui creciendo y a los 12 años quería ser monja. En los estudios siempre me incliné por el arte y a los 17 me enamoré, lo pasé mal y lloré. ¡Mucho! A los 24 me enamoré otra vez. Me casé, tuve (tengo) 3 hijos únicos, maravillosos, cada uno extraordinario a su manera y después me divorcié. Hoy, pasados los 70 años con generosidad, me regocijo en el amor de ellos, de mis nietos y también de una bisnieta. No parece una historia muy compleja ¿verdad?
Sin embargo lo fue, sobre todo, una vida muy solitaria hasta que escuché hablar de Sathya Sai Baba por primera vez, a principios de 1986.
Trabajaba y tenía a mi cargo una tienda. Hacía horarios maratónicos, pero ese día estaba enferma en casa, en cama, con mucha fiebre. Nélida Domínguez (más conocida como: Nelly Panizza) llegó para hacerme un poco de compañía y servirme un té.
Debo abrir un paréntesis acá para contarles de mi hermosa amiga Nelly… Es bastante mayor que yo, pero tiene un espíritu juvenil que es la envidia de muchos. Buscadora espiritual incansable, podía sentarse a contarme novedades sobre Ashtar Sheran (comandante de la Federación Galáctica) o quizás su breve experiencias en un templo mormón o, por qué no, su participación en alguna iglesia evangélica y quizás también, su amistad con el Vante, monje budista, a quien ella había conocido en Sri Lanka. Tiene una mente abierta y un alma generosa que la llevó durante los últimos 30/40 años a buscar, incansable, el bien mayor para los demás, pero sobre todo, para los niños abusados, desamparados o más desprotegidos, así es como fue, por ejemplo, la fundadora de la escuela Cailén en el interior de un barrio carenciado, entre muchas otras cosas.
Hace mucho aprendí a escuchar, respetuosamente, cuando Nelly me contaba alguna de sus maravillosas historias, ya fuera sobre avistamientos extraterrestres o enseñanzas de maestros lejanos. No me adhería a todo lo que decía, pero guardaba la información en ‘casilleros de memoria’ y una que otra vez me resultó útil recordarlo.
Dicho esto, volvamos al día que estaba tan enferma y ella llegó. Se sentó muy contenta y sonriendo me contó que la noche anterior, se había encontrado en un restaurante vegetariano con alguien que le había regalado Vibhuti.
- ¿Que te regaló, qué?!
- Vibhuti… Es una ceniza que materializa Sai Baba...!
Y yo, auto-entrenada para no discutirle nada, no pude con mi impulso y casi desorbitada le pregunté:
- ¿¡Cómo que materializa!? ¡Eso no es posible..!
Ella traía en su bolso una vieja revista donde se contaba muy sucintamente la historia de Sathya Sai Baba. Mostraban allí una foto en blanco y negro de un hombre de abundante cabellera oscura, derramando cenizas desde una enorme vasija, mientras esta iba cayendo a raudales, desparramándose por todos lados.
Nelly extendió su mano ofreciéndome un poco del que acababan de obsequiarle mientras me decía:
-      ¡Probalo…! Tiene un sabor a flores… ¿O frutos?   
Yo, obediente como siempre, puse mi dedo índice en ese pequeño paquete de papel, escrito con birome por ambas carillas con signos indescifrables y mientras seguía pensando en llevarlo a mi boca, ese mismo dedo, con autonomía e independencia de mi mente y pensamiento, llevó el Vibhuti hasta mi entrecejo y allí lo dejó. Después lo probé y efectivamente, el sabor era muy agradable pero… Desconcertada y sorprendida, miraba mi mano fijamente mientras pensaba:
-      Por qué hice esto?  
Parece muy simple y sin embargo no lo fue. Mi dedo, de manera autónoma, fue hasta mi frente cuando esa no era mi intención, pero sobre todo, porque jamás había pensado en algo parecido. Esto me obsesionó, ya que no podía dejar de recordar mi gesto. Me abstraía pensando:
-      ¿Por qué… Por qué… Por qué?
Fue tan intenso y conmocionante, que a partir de ese mismo momento decidí buscar, leer, averiguar todo lo que fuera posible sobre Sathya Sai Baba.
Por supuesto, no era tarea sencilla en pleno 1986, viviendo en Bariloche, donde la Internet aún no existía, con muy pocas librerías y donde casi nadie (que yo conociera) había oído hablar sobre Él.
Muy de a poco y solo por Su voluntad, fui juntando datos, conseguí un par de libros, hasta que un día Ugo Baldi (devoto de antigua data), llegó al video club donde yo trabajaba, acarreando una enorme bolsa negra, de consorcio, llena de videocasetes. Todos estaban grabados en un tipo de formato que no se usaba en Argentina, pero Tito Suez había traído de Miami las videocaseteras con la norma apropiada.
Yo, que seguía buscando información, sin prisa pero sin pausa, resolví cerrar el negocio a medio día y quedarme allí, para ver algunas de estas películas sobre Swami (Así le llaman coloquialmente los devotos y estudiantes a Sathya Sai Baba, significa: Maestro). No olviden que estaba muy interesada, pero también muy escéptica.
Imaginen mi sorpresa cuando, en las primeras imágenes vi a Sai Baba, joven aún, caminar con decisión hacia un hombre sentado en un rincón de un patio semicircular, con piso de tierra y, en ese momento, en medio del Darshan (Visión de lo divino), materializó Vibhuti (Ceniza Sagrada) con un enérgico movimiento de Su mano y se lo puso en la frente al emocionado devoto…
-      ¡Por eso!
Pensé yo, al borde de las lágrimas.
-      ¡Por eso llevé mi dedo a la frente!
Me conmovió mucho, pues entendí que era la respuesta a mi pregunta constante: “¿Por qué…?”
Cuando el tiempo pasó y me di cuenta que ese había sido el primer milagro que Swami obró en mí, me emocioné aún más.


¡Gracias Señor! 



Nelly Panizza



Vibuthi Abishekam


Vibuthi de Tus manos, Sathya Sai - 1 -


Vibuthi de Tus manos - 2 -


Rendida a Sus pies - 1 –

RELATO (Satsang) de SILVIA


Rendida a Sus pies - 1 –

Una noche tuve un sueño muy vívido y real. Veía una mujer de larga cabellera negra trenzada sobre la espalda, vestía una amplia túnica blanca, drapeada sobre el pecho, que se cruzaba sobre los hombros sujeta con una cinta atada bajo el busto. La joven estaba apoyada, de manera relajada, sobre una columna del barandal en arcos en un balcón del primer piso. Era un día muy soleado, probablemente de verano, pues el arroyo que corría frente a la casa traía
 muy poca agua. El paisaje con suaves colinas era agreste; todo estaba bastante seco y solo crecía vegetación achaparrada. Esta visión la experimentaba desde una posición elevada, como fuera del cuerpo, pero sabía que esa mujer era yo. Miraba de manera distraída cuando, por el sendero que cruzaba el riacho a mi derecha, vi acercarse un grupo de personas. Solo parecían sucios vagabundos, conversaban entre ellos, se reían y marchaban con calma, pese a que eran tiempos turbulentos. Esa docena de caminantes rodeaban en cortejo, a otro hombre sentado de costado sobre un pequeño burro gris, Él se mantenía en una posición erguida, serena y en su rostro tranquilo, muy curtido por el sol, asomaba una discreta sonrisa. Mientras los veía avanzar lentamente, pensé: «Ese debe ser Aquel del que todos hablan, Jesús el Nazareno». Desde mi ajeno punto de observación y solo por curiosidad, los miré alejarse hasta que desaparecieron detrás de una pequeña lomada...
Ese “recuerdo soñado” me acompaña desde entonces, a veces de manera dolorosa porque solía pensar: «Era Jesús y desperdicié la posibilidad de estar en Su presencia y compartir Sus enseñanzas». Cuando escuché hablar por primera vez sobre Sathya Sai Baba (Swami), me dije: «Esta vez no voy a perder la oportunidad de conocerlo, de acercarme, de escucharlo y decidir por experiencia propia si esto es bueno para mí, o no. Nunca me arrepentí de este propósito, todo lo contrario, creo que fue la mejor elección que hice en mis muchos años. Desde entonces, busqué, leí, averigüé, escuché, investigué y sé que cada día me acerco más a mi amado Maestro disfrutando y atesorando Su cercanía.





OM SAI RAM